Beisbol cubano, aderezo a fuego lento


Foto tomada de internet

Las inequívocas señales sobre la urgencia de producir cambios para detener la creciente declinación del beisbol cubano así como la larga data del diagnóstico hacian suponer un programa de acciones más expedito, pero la realidad -tozuda e inercial-parece indicar todo lo contrario.



De una parte las movidas a lo interno no pasan del experimento con la estructura de la pasada Serie Nacional que todavía está por ver que nuevos reacomodos produce, pues al menos el Torneo de Segunda División y la orfandad en que quedaron los peloteros de los equipos excluidos de la postemporada proclaman a gritos la dimensión del disparate.

De otra parte el tímido balón de ensayo de la contratación de jugadores en equipos profesionales se ha convertido poco menos que en una caricatura: Michel Enriquez estrenó la ¨atrevida¨ aventura pero sólo por un plazo fugaz porque una vieja lesión le puso término a la prueba.

Le sucedieron en la ¨temeraria¨ jugada Alfredo Despaigne y Yordanis Samón, este último lastrado por muerte súbita dictada por el bajo rendimiento por lo que a estas alturas sólo el bombardero granmense-santiaguero sobrevive a las bondades de la nueva experiencia.

Por tanto en esta dirección es ni más ni menos como si no hubiera pasado nada.

Y ya sabemos, tanto usted como yo, que si los jugadores cubanos no encuentran fórmulas más plausibles para estímulos monetarios acabarán por buscar el horizonte por si mismos y seguiremos condenados irracionalmente a servir cantera de otras ligas.

Intentar tapar el sol con un dedo es, además de estéril, un acto viciado y contraproducente.

El único desarrollo que a estas alturas parece irreversible es el atinado reingreso a la Serie del Caribe que viene a brindarnos la oportunidad de que nuestros peloteros se midan con los mejores del área con la consiguiente motivación y recompensa para los resultados que alcancen en nuestro campeonato doméstico.

Entiéndase, no hago votos por el desenfreno y la improvisación, pero el excesivo y enfermizo temor a producir cambios inevitables es un lastre que acabará por cobrarnos un elevado precio y ya llevamos suficiente tiempo perdiendo los frutos de nuestro trabajo como para seguir culposamente en brazos de esa lamentable noria.
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