A propósito de la XXXVIII Copa Mundial de Beisbol, un comentario.

Texto y foto: José R. Castillo Argüelles.

Terminó la XXXVIII Copa Mundial de Beisbol y llegó la hora del recuento, sólo que esta vez lo hacemos en medio de un inocultable malestar que comienza a manifestarse con cierta cronicidad en los últimos tiempos y ello duele aún más, porque los cubanos nos contamos entre los pocos hijos del planeta tierra que desdeñamos cualquier otro metal que no sea el oro, cuando de nuestro deporte nacional por excelencia se trata.

Brotan entonces por doquier las críticas, ora mesuradas ora lapidarias, las conjeturas de todo tipo, las especulaciones más artificiosas, la especie de auto convicción de que poseemos la piedra filosofal que nos habría permitido trocar en oro lo que en verdad fue plata bien ganada, merecedora, por cierto, del aplauso más rotundo y del reconocimiento sincero y pleno para nuestros dignos representantes en la arena internacional.

Ganó, a mi juicio, el mejor equipo y no creo, a fuer de hombre honesto, haya margen a las dudas.

Sin embargo, de nuevo se abren paso abracadabrantes y peregrinas teorías que resuenan hasta el desgaste con su consabida y recurrente letanía: que si hubieran puesto a ciclano, que si el abridor hubiera sido fulano, que por qué trajeron a zutano, que debió dirigir perencejo, que porque sustituyeron a perengano etcétera, etcétera, etcétera y así …hasta el infinito.

Lo incontrastable, lo verdaderamente objetivo, es que Estados Unidos presentó un conjunto que se valió de dos armas que le abrieron el camino hacia el resultado que hoy disfrutan: bateo de poder desde el primero hasta el noveno hombre del line-up y pitcheo dominante y con mucho oficio por parte de sus lanzadores. Esta vez, casi atípicamente, la defensa no logró iguales niveles de excelencia, pero estuvo lejos de la ineficiencia.

Breves estadísticas, al vuelo, sirven para sustentar algunas de estas aseveraciones.

Estados Unidos tuvo el mejor promedio colectivo de bateo con 305 y disparó un total de 70 extrabases, entre ellos la friolera de 36 cuadrangulares. Los dígitos de Cuba están también entre los mejores, pero quedan por debajo: 284 colectivamente, 54 extrabases, de ellos 27 jonrones.

El pitcheo cubano marcó pauta entre todos los participantes con efectividad colectiva de 1.70; sin embargo Estados Unidos no estuvo lejos, pues fue segundo en este decisivo renglón con 1,96 e incluso sus tiradores permitieron menos jits que los del equipo cubano (68 x 80).

El conjunto estadounidense luego de su tropiezo inicial ante Venezuela se mostró imbatible a lo largo de toda la competencia y derrotó en dos oportunidades a nuestra selección nacional, poniendo en evidencia una neta superioridad, que debemos aprender a reconocer.


Por supuesto, bien sabemos que esta es la pelea de David contra Goliat, pero ello es asunto de otro comentario, por ahora, al menos en estas líneas, quiero dejar establecido mi punto de vista acerca de que las justificaciones obran en sentido contrario al espíritu de permanente inconformidad y búsqueda incesante de formulas que nos permitan mejorar cada día nuestros resultados , más allá de la victoria o la derrota, que a la postre, quiérase o no, son elementos consustanciales al deporte en cualquier latitud.

El historial de triunfos cubanos de otros tiempos merece una lectura detenida que no es objeto de este artículo; más sólo quiero anticiparles que llegar al podio de premiación en cualesquiera de los tres escaños en los tiempos actuales es una proeza que no puede ni debe ser menoscabada por insensatas comparaciones.

Viva nuestro valeroso equipo que regresa con el mérito de haber defendido sin desmayo nuestro glorioso pabellón nacional.






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